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viernes, 20 de abril de 2018

La ortodoncia y el acné

Mi hijo mayor es guapo pero cuando tenía unos quince años se le montaron todos los dientes y aquello parecía una jungla. Tuvimos que ponerle aparato durante dos años, el cual al principio le hacía un montón de llagas en la boca al pobre. Se ponía una especie de cera y una crema para curarlas. Afortunadamente dió buen resultado y ahora tiene una boca perfecta, si no fuera porque luego se cayó y se rompió un diente. Lleva una funda y no se le nota. A las niñas no hubo que ponerles ortodoncia aunque también nos lo sugirió una doctora cuando eran pequeñas.

Cuando ya tenía la boca arreglada, mi hijo mayor tuvo un problema de acné purulento que era una cosa terrible, allá por los diecisiete años. Tanto que le hacía agujeros en la cara. Después de probar varios tratamientos, dimos con unas pastillas que en pocos meses le dejaron la cara como nueva, o mejor aún porque se le quitaron hasta las marcas. Unos años más tarde empezó con la alopecia pero ahora sí que no quiere ponerse tratamiento y no puedo obligarle. Es mayor de edad. Me temo que ha salido a mi familia y todos tienen calvicie.

jueves, 19 de abril de 2018

La era del sentimentalismo salvaje

Os pongo un artículo muy interesante que leī ayer.
En las elecciones españolas de 2015, el líder de Podemos, Pablo Iglesias, habló de niños que rebuscan en la basura y tiritan en aulas sin calefacción… y rompió de largo el techo histórico de la ultraizquierda. La foto del niño muerto en una playa turca obligó a la UE a replantearse su política de refugiados. Y, cuando se intenta comprender por qué nacionalistas catalanes y vascos no son felices en las regiones más autónomas de Europa, tropezamos al final con un misterioso “sentimiento” y el axioma de que el corazón identitario tiene razones que la razón no comprende.
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Que el hombre es un híbrido de razón y emoción, y que los sentimientos juegan un papel en la cosa pública, no es ninguna novedad. Pero el ideal clásico -desde Aristóteles o los estoicos, y también después en el cristianismo- era el encauzamiento de las pasiones por la recta razón. Ahora, en cambio, vivimos en una sociedad que rinde culto a los sentimientos, exige su exhibición impúdica y consume ávidamente la emoción ajena. La llantina de una famosa en “Sálvame” o unos oportunos arrumacos en Operación Triunfo disparan las audiencias.
La nación que aguantó sin pestañear las devastaciones de la Luftwaffe en 1940, gimoteaba inconsolable en 1997 por la muerte de una princesa pop
Esta deriva sensiblera afecta a todo Occidente, y resulta quizás más llamativa en pueblos como el británico, que en tiempos habían hecho del autocontrol emocional –la famosa “flema”- su seña emblemática de identidad. La nación que aguantó sin pestañear las devastaciones de la Luftwaffe en 1940, gimoteaba inconsolable en 1997 por la muerte de una princesa pop que había aireado sus adulterios (y los del príncipe Carlos) ante las cámaras. Se confirmaba, señaló Melanie Phillips, “que Gran Bretaña había dejado de ser un país de estoicismo, autocontención y responsabilidad para pasar a ser una tierra de sentimentalismo, irresponsabilidad y autoindulgencia”.
La era del sentimentalismo salvaje
Lady Di consiguió ese grado de veneración popular precisamente porque encarnaba -en su propia vida amorosa caótica, en su publicitada militancia en sucesivas causas buenistas y en su reivindicación de la autenticidad emocional frente a una Familia Real percibida como envarada y gélida- las nuevas características de la sociedad inglesa. Esta “orgía sentimental kitsch” alcanzó su máximo simbolismo cuando la plebe dobló el pulso de la reina Isabel II, obligándola a abandonar su código clásico de dignidad y majestad: “Show us you care!”. Elton John triunfó sobre Purcell y Elgar. Hubo un tiempo en que controlar la propia emotividad en público se consideraba una señal de respeto a sí mismo y a los demás, a quienes les pueden resultar embarazosas nuestras efusiones. Hoy es interpretado como inhumanidad.
La emoción desbordada distorsiona el juicio racional y, cuando la distorsión es masiva, las consecuencias públicas pueden ser graves
El doctor Theodore Dalrymple, psiquiatra forense con amplia experiencia judicial, reflexionó sobre el triunfo del sentimentalismo chav en la cultura británica en una obra titulada Spoilt Rotten. El imperio de la sensiblería no solo resulta lamentable por su acompañamiento estético de vulgaridad e impudicia emotiva: la emoción desbordada distorsiona el juicio racional y, cuando la distorsión es masiva, las consecuencias públicas pueden ser graves.

Cuando el debate llega a estar dominado por “proposiciones emotivas”, la sociedad tiene un serio problema. La “proposición emotiva”, explica Dalrymple, es “una proposición falsa cuya principal función es dejar sentada la superior sensibilidad de aquél que la emite”, y que comporta “una suspensión voluntaria de la racionalidad crítica a favor de una respuesta emocional inmediata”. Cuando el podemita habla de niños hambrientos, cuando la feminista recuerda la “brecha de género”, el portavoz LGTB denuncia el “odio homofóbico” o el Papa dice que la muerte de balseros en el Mediterráneo es “la vergüenza de Europa”, cuando el separatista grita que “España nos roba”… de poco sirve sacar balanzas fiscales o demostrar con datos que en España no se pasa hambre, que no se discrimina a la mujer, que es uno de los países más gay friendly del mundo, o que los africanos se juegan el tipo en las pateras precisamente porque consideran Europa un destino nada “vergonzoso”. Pues son afirmaciones que no pretenden describir hechos, sino suscitar respuestas emocionales.
El código moral clásico recomendaba desconfiar de la autocompasión, pero la sensibilidad postmoderna rechaza esa autovigilancia como inhumana
A primera vista, el resorte emotivo que buscan activar es el de la preocupación por los supuestamente oprimidos. Ahora bien, la proposición sentimental hace vibrar también cuerdas emocionales menos nobles. Por ejemplo, la del victimismo: se está invitando a mujeres, homosexuales, inmigrantes, etc. a que se consideren víctimas del machismo, el racismo o la homofobia; es una invitación tentadora, dada la innata inclinación humana a la autocompasión. El código moral clásico recomendaba desconfiar de la autocompasión, pero ya sabemos que la sensibilidad postmoderna rechaza esa autovigilancia como inhumana. Frente al ideal estoico de la entereza ante la adversidad, hoy, en cambio, todo el mundo quiere sentirse víctima.

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Por otra parte, bajo una fachada de solidaridad con los humillados y ofendidos, la proposición sentimental encubre el narcisismo moral: suscribiendo las declaraciones emocionalmente correctas, uno está comprando gratis la satisfacción de pertenecer al bando del bien. Cuando veo un documental sobre el sufrimiento de los niños del Tercer Mundo, mi primera lágrima es de compasión, pero la segunda es de autocomplacencia: “¡qué sensible soy, cómo me conmueven los niños del Tercer Mundo!”. Uno se emociona de su propia emoción. Esta cualidad automultiplicadora se da también en otras emociones morales, como el victimismo. Pruebe a fingir indignación por un agravio imaginario: a poco que persista, se habrá metido tanto en su papel que la indignación llegará a ser sincera e insoportable.
El discrepante queda deslegitimado como insensible: sus argumentos no merecen siquiera ser examinados
La otra cara de esto es la dimensión intimidatoria de la declaración moral-sentimental: si suscribirla es estar automáticamente con los buenos y admirarse a sí mismo por ello, negarla implica situarse en el campo siniestro de los machista-racista-homófobos. El discrepante queda deslegitimado como insensible: sus argumentos no merecen siquiera ser examinados. Quien usa el lenguaje emocional-políticamente correcto está deslizando también el mensaje: “yo soy más sensible que tú” y “no se te ocurra llevarme la contraria, si no quieres quedar como un repugnante machirulo”. Y este bullying funciona… ¡vaya si funciona!
La era del sentimentalismo salvaje
La parte más interesante del libro de Dalrymple es la que muestra cómo el paradójico corolario del imperio de la sensiblería es a menudo la barbarie. El imperativo de autenticidad emocional, por ejemplo, requiere deshacer las parejas cuando “ya no estamos enamorados”. ¡No se puede engañar al corazón, no se puede “vivir en la mentira”! El resultado ha sido una volatilidad familiar creciente: el matrimonio ha sido desplazado por uniones libres más frágiles y efímeras.
“Cuando se le pregunta quién es su padre, el niño responde a menudo: ¿Quiere decir mi padre en este momento?”
Lo que omite el discurso de la corrección emocional-política es la enorme factura de sufrimiento infantil y desarraigo adulto que ha acompañado a esta revolución. Como psicólogo, Dalrymple conoce bien los “nuevos modelos de familia”. “Cuando se le pregunta quién es su padre, el niño responde a menudo: ¿Quiere decir mi padre en este momento?”. El modelo en la clase trabajadora –y cada vez más también en la clase media- ha pasado a ser la “serial step-fatherhood”: la mujer va encadenando compañeros sentimentales, con algunos de los cuales tendrá hijos.
Y no, el nuevo novio de la madre no puede llenar el vacío del padre biológico. El riesgo estadístico de que los niños reciban agresiones físicas o sexuales se multiplica hasta por veinte cuando hay padrastros en casa (huelga decir que eso no significa que todos los padrastros sean violentos). Dalrymple documenta casos en los que el nuevo novio exige a la mujer que elija: “o los niños, o yo”. Y ella entrega sus hijos a los servicios sociales.
El fracaso escolar y la indisciplina en las aulas son otros tantos capítulos de la factura social de nuestro culto al sentimiento
Esos son casos extremos. Mucho más frecuentes son aquéllos en los que padres o padrastros aplacan la mala conciencia que les produce haber antepuesto su autorrealización amorosa al bienestar de los hijos mediante el mimo excesivo de éstos. El resultado ha sido una generación de niños consentidos que, desconociendo la autoridad parental en casa, tampoco aceptan la del profesor en el colegio. El fracaso escolar y la indisciplina en las aulas son otros tantos capítulos de la factura social de nuestro culto al sentimiento.

Y el ámbito en que la emoción sin barreras se traduce directamente en brutalidad es el de la “violencia de género”. La necesidad humana de exclusividad en la posesión sexual recíproca parece hondamente arraigada, y no puede, por tanto, ser culturalmente modificada. Pero eso significa que, en un contexto social de gran volatilidad de las parejas, serán frecuentes los celos, y también la violencia asociada a ellos. Si la única ley es la espontaneidad emocional, la fidelidad de la pareja pende siempre de un hilo: de ahí la suspicacia, la alerta constante (la who-are-you-looking-at-culture). Una relación que comenzó frívolamente se puede romper también frívolamente: si le birlaste la chica a un conocido, estarás obsesionado con que te la puedan birlar a ti; como en la berrea del ganado, cualquier varón se convierte en un rival sexual potencial. Cuando finalmente les ocurre, algunos especialmente emotivos entonan el “la maté porque era mía”. Así es cómo la dictadura del sentimiento nos va devolviendo al Paleolítico.
 https://disidentia.com/el-sentimentalismo-salvaje/

miércoles, 18 de abril de 2018

La altura y la espalda

Uno de mis problemas más visibles en la infancia es que le sacaba una cabeza a todas mis compañeras de clase. Eso era evidente a los doce años cuando ya medía 1,65 como ahora. Después dejé de crecer y me alcanzaron. Pero naturalmente ese hecho me acomplejaba y hacía que me agachara, por lo cual ahora tengo cifoescoriosis, es decir, una pequeña joroba. Mis padres intentaron evitarlo poniéndome más gimnasia, pero eso era contraproducente. Lo que realmente hubiera necesitado era un buen psicólogo, pero se ve que nunca se les ocurrió.

Ahora mis hijos son los tres más altos que yo. El mayor mide 1,80 como su padre, la mediana 1,70 y la pequeña 1,75, con lo cual le va a costar encontrar novio a su altura, pero en fin. Hubo un tiempo en que pensé que fuera modelo pero ella, con buen criterio, prefirió seguir estudiando. Afortunadamente su altura no la ha acomplejado mucho aunque sí que tuvo una época en que se agachaba. Eso lo que tiene de consecuencia son dolores de espalda en mi caso, y en el suyo de esternón. A la mediana también le da mucha lata la espalda pero es porque tiene las vértebras más anchas de lo normal. Asī que vamos mucho a fisioterapia.

lunes, 16 de abril de 2018

La ropa

Durante veinte años guardé en el trastero toda la ropita que usaron mis hijos durante los tres primeros años de vida, por si acaso me quedaba embarazada sin esperarlo. Como ya tengo cincuenta y dos años y casi ninguna posibilidad de tener más hijos, he decidido entregar esa ropa a una asociación para madres solteras. Así que el otro día bajé al trastero a recoger las cajas de ropa donde lo tenía todo perfectamente guardado por fechas y tallas. Me dió mucha lástima abrir las cajas y ver los pijamitas,  y los vestiditos y las sabanitas que utilizaron mis hijos uno tras otro, pues muchas las compartieron.

Sin embargo, no tiene sentido desperdiciar todo eso, pudiendo todavia reutilizarlo personas necesitadas. A los nietos, si vienen, nos hará ilusión comprarles cosas nuevas como todas las madres. También guardamos sus juguetes preferidos en el trastero, aunque muchos ya los he ido entregando en campañas navideñas. La verdad es que el trastero es como un viaje en el tiempo. Está también la cuna y el cochecito y me cuesta mucho desprenderme de ellos, pero entiendo que acumular cosas innecesarias, además de ser poco práctico, también puede convertirse en un trastorno.

jueves, 12 de abril de 2018

Mi leit motiv

La verdad es que hace mucho tiempo que no retomo en este blog mi tema principal, que es el aborto. En los últimos años se ha avanzado mucho en el diagnóstico por imágenes y se puede comprobar cómo un feto de seis semanas ya es como un niño, con sus manitas y sus pies. Por eso sobrecogen enormemente las imágenes de abortos voluntarios o no, cuando esas pequeñas personitas todavía están vivos y se agitan sobre la bandeja del cirujano. No digamos ya, cuando lo que vemos son los restos desmembrados de los abortos que se producen en el segundo trimestre de gestación. Eso ya es terrorífico, pero sigue habiendo gente que quiere ignorarlo.

Hace años, cuando no existían los medios que tenemos ahora, se podía asegurar que un aborto no era más que un trozo de tejido o un conjunto de células. Confieso que yo también lo pensaba. Pero eso ya no se sostiene porque hay miles de fotos y videos que demuestran lo contrario. Y lo peor de todo es que nadie asegura que el feto no sienta dolor al ser quemado o cortado en pedazos, o decapitado. Llamemos a las cosas por su nombre. Ya basta de eurfemismos para tratar este tema. No se interrumpe el embarazo, se mata a un ser humano. Si no me equivoco el día 15 de abril habrá otra convocatoria por la vida en Madrid y yo estaré allí, si Dios quiere.

martes, 10 de abril de 2018

Mi don

Cuando empecé a escribir en internet era una fuente inagotable de inspiración. Esto duró hasta hace unos tres o cuatro años, en que misteriorsamente un día me di cuenta de que ya no sabía de qué escribir ni sabía cómo hacerlo. Deterioro cognitivo, no sé. Como llegó mi don lo perdí en una de esas situaciones que por desgracia me han sucedido varias veces en la vida. También recuerdo que un día se me daba estupendamente patinar sobre hielo y la siguiente vez que lo intenté era un pato mareado. Supongo que hace tiempo que tendría que haber dejado de preguntarme por estas cosas.

También resulta que tengo un nivel medio de tres idiomas y, cuando voy a los países soy incapaz de entender o de hacerme entender una palabra. Supongo que es una de esas pequeñas cruces que me ha tocado llevar como todos mis achaques. Echo de menos el tiempo en que simplemente me ponía a escribir y la palabras fluían como el agua de un torrente. Los posts se me acumulaban a veces durante meses. Pero me imagino que es una de las primeras renuncias que me ha tocado hacer de las muchas que me esperan todavía. Así que más vale que me vaya acostumbrando.

domingo, 8 de abril de 2018

Mi blog

He leído un libro en la clase de francés que se llama No et moi. Es muy bonito y triste a la vez porque trata de una niña de trece años que acoge en su casa a otra de dieciocho que vivía en la calle. Una amiga común le dice que tenga cuidado, porque la gente abandonada a veces está estropeada (abimé), pero otras veces está ya rota (cassé) y no tiene remedio. Yo estoy estropeada y procuro no romperme porque sé que cualquier golpe podría hacerlo. Por eso estoy en tratamiento psicológico y escribo este blog donde expreso mis sentimientos. Es como una terapia.

Sé que hay gente que está harta de que hable casi en exclusiva de mí misma, de mi pasado y mis traumas. Lo entiendo. A mí también me aburriría. Pero internet es inmenso y no tienen porqué seguir este blog. Lo que no se me puede pedir es que olvide el pasado y siga adelante cuando precisamente eso es lo que me ha llevado a esta situación. Sigo con mi tic nervioso desde hace tres meses. Yo necesito hacer introspección y la hago en este blog que me sale gratis. Para otros temas tengo otros blogs en el lateral. Es lo que me sale ahora y necesito apoyo, no razonamientos.

jueves, 5 de abril de 2018

De los cuarenta

Cumplía cuarenta años y me las prometía muy felices ahora que nuestros hijos ya estaban más sanos. Pero no contaba con el resto de la familia. Recuerdo el día que nos llamaron para decirnos que el hermano de mi marido tenía un tumor cerebral. Después de muchas operaciones y tratamientos murió al cabo de un año. Al poco murió la mujer de mi hermano de un cáncer que tenía desde hacía cinco años. Fue por esa fecha más o menos cuando a mi padre le pusieron la diálisis y mi madre empeoró del parkinson. Después murió otro hermano de mi marido. Un primo, una mujer de primo, seis  tíos. Dos cuñadas siguen en tratamiento al igual que una sobrina, lo peor, muy jovencita.

No contaba con los que es de esperar que se mueran por su edad y al ser familias numerosas son muchos. Diez tíos abuelos si no llevo mal la cuenta. Mi abuelo y mi suegro habían muerto ya antes. Así que nos pasamos esta década con más funerales que cualquier otra cosa. Cuidar de mis padres fue la prioridad y verles deteriorarse poco a poco, lo más duro que he tenido que soportar en mi vida. Al cumplir los cincuenta ya no podía más. Me sentía una anciana, lo que no es raro porque siempre me he sentido por encima de mi edad. Ahora sólo espero que llegue la época de bodas y bautizos, pero empiezo a perder la esperanza.