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martes, 11 de abril de 2017

Relativismo religioso

Pensemos en la vida de un soldado que pasó por el desgaste de luchas difíciles e interminables. Cuántas veces vio caer a su alrededor varios de sus compañeros, sin saber si él mismo sobreviviría, pero motivado por el deseo de contribuir a la victoria de la causa que le exigía su sacrificio. Esto le estimulaba a seguir adelante y luchar como un héroe, dispuesto, inclusive, a dar su vida si fuera necesario. Son muchas las patrias que tienen esa gloria de haber tenido entre sus hijos hombres de valor, más preocupados con vivir plenamente su deber, que con rendirse para vivir una vida cómoda manchada por la traición y el egoísmo.
Imaginemos ahora una situación hipotética. Un general que en medio de las peores batallas que su ejército tuviera que enfrentar, tuviera bajo sus órdenes un pelotón de reclutas hartos de luchar y que empezaran a disminuir el paso, a desobedecer las órdenes recibidas, a entregar informaciones al enemigo e incluso a perseguir a sus camaradas que aún se mantuvieran fieles. ¿Podría un ejército así derrotar al enemigo y alcanzar la paz para su patria? ¿Habría algo al alcance del general para rectificar semejante situación? Los buenos soldados así lo esperarían, seguros de que con unas buenas medidas, por sus esfuerzos y valentía delante del enemigo y a pesar de sus compañeros, ellos serán condecorados y los otros justamente castigados.
Pero supongamos que el general, en vista de lo trágico de la situación, reuniera a todos los soldados y arengara del siguiente modo:
“Ningún ejercito es perfecto… no podemos  juzgar con dureza a quienes se han cansado de la lucha.  Es hora de suavizar las exigencias de la disciplina y de la lealtad”. Imaginemos aún que, terminando el discurso, condecorase a varios de los reclutas traidores.
¿Necesitamos continuar la historia o ya está claro a donde llevará todo esto?
Dejar de estimular el buen comportamiento equivale a favorecer el vicio. El hombre, siempre tendiente a ceder delante de las peores inclinaciones por el pecado original, necesita incentivos y desafíos en cualquier campo. No hace falta dar ejemplos, pues este principio está presente en nuestro día a día, en las innumerables situaciones en que la expectativa de una recompensa o de un castigo nos fuerza a actuar con mayor perfección.
Pues bien, si esto es así en la vida natural, ¿cómo podrá ser diferente en lo espiritual?
Relativizar…. una palabra que jamás desearíamos encontrar en un documento pontificio, y menos aún hablando del matrimonio, pues si hay un punto donde no cabe ninguna forma de relativismo es en todo lo relacionado con la institución fundamental de la sociedad. ¿Qué intención tiene aquel que deja de exigir la coherencia cristiana en la vida familiar? ¿Estará clasificando como buenas la deshonestidad, la incoherencia y el relajamiento en los deberes matrimoniales? ¡Qué enseñanza desalentadora para los esposos que luchan por cumplir la moral católica en un mundo que la ha abandonado! ¡Y qué padres ejemplares saldrán para los pobres niños que nazcan en semejante atmósfera donde no se valoran la bendiciones celestiales!
¿Que dice la Iglesia sobre las virtudes esenciales de los esposos cristianos? ¿Las podemos relativizar?

2 comentarios:

  1. Hay que pensar con detenimiento lo que nos expones, no es algo que se pueda decidir con un si o un no, cada momento y situación tiene matices. Un abrazo

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  2. El problema està enver demasiados matices. Un beso.

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